Soy una apasionada y firme defensora de la mediación, pero sin ceguera. La mediación no vale para todo ni para todos. A la vista de mi experiencia, es una oportunidad para personas valientes, trabajadoras y conscientes de las cosas visibles e invisibles que se están jugando en el conflicto. Por todo esto, nada más y nada menos, merecen mi respeto y admiración.
En el poco más de un año que lleva vigente la Ley Orgánica 1/2025, de 2 de enero, casi todos los procedimientos de mediación en los que he intervenido tenían por objeto conflictos que estaban ya a las puertas de un Tribunal. Asuntos variados —decisiones sobre patria potestad, reclamaciones de cantidad, liquidaciones de sociedad de gananciales, cambios de custodia, resolución de contratos, vicios ocultos en vivienda— en manos de abogados y con la vía judicial como alternativa inmediata.
Tan cerca como estaba el asunto del juzgado, tanta era la tensión que cargaban las partes. Y cuando además las unía un vínculo sentimental o emocional, la intensidad del conflicto se disparaba.
Con esos mimbres, lo que vi sentada en la mesa de mediación me impresionó.
Valientes
Digo que las personas que he visto sentadas en una mesa de mediación son personas valientes porque demostraron tener la capacidad de transitar por un proceso de mediación a pesar de los miedos y temores por los que estaban atravesando.
Decidieron hacerse responsables. Encararse de frente y en primera persona con el problema. Eso, cuando el conflicto estaba donde estaba, no es poco.
Trabajadoras
Son personas aplicadas en el propósito de alcanzar un acuerdo. Se notaba dentro y fuera de la sala de mediación. Le pusieron ganas a proponer soluciones, a intentar comprender al otro: labores ambas que requieren grandes dosis de esfuerzo y de tiempo.
“Estoy cansado/a. Necesito que esto termine”. Esa frase la escuché con frecuencia en las mediaciones que avanzaban y terminan con acuerdo.
También vi el caso contrario: alguna persona fresca como una lechuga que bien podría haber estado en el procedimiento eternamente. Ni pagaba ni trabajaba, solo le daba vueltas en bucle a la misma idea. La diferencia entre ambas actitudes lo dice todo sobre el resultado final del proceso.
Conscientes
Ser consciente es tener la capacidad de reconocer la realidad tal como es, no como uno querría que fuera.
He compartido sesiones de mediación con personas que tenían esa capacidad. Personas que lograron poner nombre al precio que pagarían si no llegaban a un acuerdo. Personas que sabían que se estaban jugando cosas visibles —los costes económicos y de tiempo que les provocaría un proceso judicial— y cosas invisibles —los daños relacionales que dinamitarían su sistema familiar.
Esa consciencia no les quitaba el miedo. Pero les daba claridad. Y la claridad, en un conflicto, es el mejor faro para avanzar.
Por qué importa reconocerlo
Escribo esto no solo como reconocimiento hacia las personas que he tenido el honor de haber acompañado. Lo escribo porque creo que nombrar lo que exige la mediación es útil para quien está considerando si embarcarse en ella.
La mediación no pide perfección. Pide disposición. Pide que la persona esté dispuesta a trabajar, a mirar de frente lo que hay y a reconocer que el otro también tiene algo legítimo que decir.
Cuando eso está, el proceso funciona. Si termina con acuerdo, lo que queda no es solo un acuerdo firmado. Queda algo más difícil de medir y más duradero: la sensación de haberlo resuelto una misma. Si no es posible alcanzar el acuerdo, lo que queda es algo de valor incalculable: la paz y serenidad de haber hecho todo lo que estaba en la mano de uno.