Todo tiene su hora, su oportunidad. La mediación también.
Cuando el ambiente lleva tiempo enrarecido. Cuando empieza a instalarse la incomodidad con el tema y con la otra parte. Cuando la historia dentro de nuestra cabeza, empieza a parecerse a un bucle infinito instalado en el pasado y compuesto por una lista de reproches.
Es el momento óptimo para abrirle la puerta a la mediación. Es el momento de buscar un profesional que nos ofrezca un espacio y un tiempo de sosiego y de calma:
- para desahogar y gestionar el cóctel de emociones que nos provoca el conflicto que estamos viviendo (tristeza, frustración, enfado…)
- para reflexionar acerca de qué queremos, para qué lo queremos y sus consecuencias
- para prepararnos para hablar al otro y para escuchar al otro
- para tener un puente en la comunicación, bien como mensajero entre las sesiones individuales (quedando siempre a salvo el contenido que se decida confidencial), bien como facilitador en las sesiones conjuntas.
- para poner encima de la mesa aquello que de verdad, de una forma profunda y sincera es importante para cada parte y desde ahí acompañar en la búsqueda de posibles soluciones que cubran lo que para cada parte es esencial.
La consecuencia de no tomar las riendas del conflicto en los primeros momentos y dejarlo estar, es que pronto se instalará en nosotros la visión túnel hacia el problema y hacia el otro.
Nos parecerá que la única solución posible es la que nosotros tenemos en nuestra cabeza. Nos sentiremos completamente identificados con esa única solución posible y nos armaremos con toneladas de argumentos que avalan, explican, justifican y legitiman nuestra perfecta solución.
Al mismo tiempo, el otro se convertirá en un personaje del conflicto al que empezaremos a atribuir no solo comportamientos negativos sino también intenciones oscuras y malas. Empobreceremos la visión que tenemos de la otra parte y pronto aparecerán los roles de bueno-malo, víctima-victimario. Y así es como llegaremos directamente a colocar el tanto de culpa en el otro; todo será culpa/responsabilidad del otro y ya solo quedará atacar o huir. En el ataque produciremos y nos producirán daños visibles e invisibles (con cicatrices que nos acompañarán) y en la huida nos llevaremos la carga pesada y las consecuencias del problema no resuelto o malamente resuelto.
Por eso, cuando tengamos un problema, conviene hacer el ejercicio de cerrar por un momento los ojos, imaginarnos en los dos escenarios (tomar las riendas en el momento oportuno o dejarlo pasar hasta el ataque/ huida) y visualizar las consecuencias que en nosotros y en nuestra vida/ entorno tendrá cada uno de ellos.